jueves, 8 de agosto de 2013

LA ENTREVISTA



Era una tarde en que el sol quemaba tanto que del concreto parecía brotar vapor. La congestión vehicular también sumaba para redondear una tarde de infierno. De un momento a otro la puerta se abre y entra un hombre de mediana estatura, y de edad avanzada. Estaba bañado en sudor y lucía el rostro desencajado. Era evidente que el verano 2010 fue el verano más caluroso de los últimos 40 años. 



Necesito ayuda ¿Con quién puedo conversar?”, fueron las últimas palabras de este hombre, que avanzó raudamente en dirección a la recepción del edificio y antes que alcance a sentarse en uno de los cuatro sillones, cayó pesadamente sobre el piso. Todo sucedió tan rápido, que en un abrir y cerrar de ojos había un cadáver y muchas preguntas entre las personas que presenciaron el trágico hecho.

Las pesquisas de la policía indicaron que se trataba de un profesor jubilado de 72 años, natural de Lambayeque, había llegado a Lima para realizar un trámite en la ONP y un fulminante paro cardiaco le puso fin a su vida. Además, había ingresado al edificio argumentado que había pactado una entrevista para denunciar la demora de la resolución de su pensión.

Aquella tarde pocos se enteraron del fallecimiento de una persona en el hall del edificio y a muchos le generó sorpresa enterarse de la tragedia al día siguiente tras abrir el periódico. “Muerte en redacción periodística”. “Hombre de avanzada edad fallece de paro al corazón tras soportar maltrato y altas temperaturas del verano. Familia pide ayuda para velarlo en su tierra natal”, se lee.

Ese mismo día comenzaron a ocurrir hechos muy extraños en aquella redacción que se aloja en un edificio antiguo, de inicios del siglo pasado, y que se ubica en el centro histórico de la capital. Tiene el nombre de Edificio Marañón, el mismo nombre del río que inspiró a Ciro Alegría a escribir la Serpiente de oro, y sus paredes pueden dar testimonio de lo que presenciaron a lo largo de los años.

Todo transcurría con normalidad, como se vive en una redacción: corriendo contra el tiempo para cerrar el cuadernillo y pendiente de la noticia de última hora, esa que descuadra y hace cambiar la tapa del día siguiente. Conforme avanzaban las horas y llegaba la noche, eran pocos los periodistas que permanecían en las oficinas. El editor de cierre y el director del diario se quedaban a supervisar para que la edición quedará perfecta.

Ya cuando el reloj marcó las 12 de la noche un grito desesperado se escuchó en la cochera, ubicado en el sótano del edificio. Un vigilante fue el primero en llegar al lugar, donde encontró al editor de cierre mirando hacia la pared como un niño castigado, temblando y sin decir nada. Su rostro lucia pálido y su mirada estaba perdida, estaba en shock y pese a las bofetadas no reaccionaba, no volvía en sí.

Al día siguiente, aquel hecho generó comentarios en todos los pisos que ocupa la redacción. Muchos querían saber qué ocurrió en el sótano, qué hizo que un hombre imperturbable terminé en ese estado y no asistiera al trabajo por un cuadro de estrés postraumático. Esa noche el director tuvo que cerrar solo el periódico.

Ya era más de la media noche y el director había pedido el servicio de taxi. Él esperaba sentado en el sillón de su oficina, mientras fumaba un cigarro y escuchaba la radio. El quinto piso estaba casi desolado, solo su oficina y el pasadizo estaban alumbrados. De un momento a otro escuchó pasos, pensó que se trataba del vigilante y salió de su oficina. Sin embargo, tras abrir la puerta se sorprendió no encontrar a nadie. En los ocho años que llevaba trabajando en esa redacción era la primera vez que escuchaba esos tipos de ruidos.

Pasaban los minutos y no llegaba el aviso del taxi, la espera lo ponía nervioso, el recuerdo del compañero en estado de shock y sin razón alguna se apoderaba de su mente. Trata de pensar en otra cosa. Fue en ese momento que una bombilla de luz del pasadizo se quemó y seguido del ruido que hace la puerta al abrirse. Era demasiado para él, así que tomó su maletín y cuando estaba por salir de su oficina se produjo lo inesperado: un apagón en el edificio.

Así que trató de mantener la calma y con la luz de su teléfono móvil intentó abrirse paso en medio de la penumbra. De lo alto podía ver la luz de las linternas de los vigilantes que se movían como puntos en un vacío oscuro.

Él avanzaba a paso firme mientras gritaba el nombre de uno de los vigilantes que estaba en el primer piso. La travesía en medio de la oscuridad parecía de nunca terminar. Cuando el descenso llegó a su fin, se prendió el alumbrado de emergencia, iluminando el lugar y devolviendo el aliento al director, quien se encontraba en la salida de emergencia del edificio.

Con cierta intensidad de luz para guiarse, vio que la puerta de ingreso al edificio estaba al alcance de la mano. Solo faltaban unos pocos metros para alcanzar la calle y antes de dar el primer paso, la puerta del ascensor se abrió bruscamente algo que aceleró los latidos de su corazón.

Sin moverse de su lugar preguntó en voz alta si había alguien en el interior del ascensor, pero fue en vano porque solo hubo un silencio sepulcral. Mientras avanzaba lentamente trataba de pensar en otra cosa que no fuera su compañero de trabajo, aquel rostro pálido parecía imborrable de su mente. Los escasos cinco metros que lo separaban de la calle se hacen inmensos y cuando estaba por pasar cerca de la puerta del elevador una mano lo cogió del brazo y detuvo su avance. Solo se escuchó un grito desaforado.

La noticia de este nuevo incidente generó preocupación entre los periodistas que trabajan en el Edificio Marañón. Sin embargo, la orden es que la rotativa no puede parar. Así que el Jefe de informaciones tiene la misión de cerrar la edición.

Llegó la media noche y el Jefe de informaciones prefirió esperar el servicio de taxi en el primer piso, en la recepción donde hace un par de días un hombre había fallecido. Para evitar pensar en lo sucedido comenzó a escuchar música que había almacenado en su teléfono móvil. Además, la presencia de los hombres de seguridad le daba cierta calma. De un momento a otro sintió la necesidad de ir al baño, así que se levantó del sillón, caminó en dirección del pasadizo, pasó por la puerta del ascensor y llegó hasta la puerta que conecta con la cafetería, que tenía la luz prendida, en donde hay un baño.

Al salir del baño notó que el televisor de la cafetería estaba prendido y que los canales se cambiaban a manera de un zapping, algo que le llamó la atención y le generó escalofríos. Por instinto caminó hacia el televisor y antes de llegar al aparato vio un sillón que le daba la espalda. De un momento a otro comenzó a girar y se escuchó una voz que le decía: “Vengo por mi entrevista ¿Lo recuerdas?”.

Tras esa noche nada fue igual, porque muchos renunciaron y fueron pocos los que continuaron trabajando. Un año más tarde los dueños decidieron cerrar el periódico y el edificio fue abandonado. Los vigilantes que estuvieron hasta el último día de existencia del diario contaron que a la media noche aparece un hombre vestido completamente de blanco que recorre los pasadizos y las oficinas del primer al quinto piso en busca algo o de alguien.

5 comentarios:

  1. Me encanta las historias de suspenso!

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  2. Buena la historia ehhh!!

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  3. Muy buena.....wujuuuu...mas historias!!!!!

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  4. Que miedoooo¡¡¡ pero buena la historia, cuantos lugares más, tendrán una historia que contar...

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